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En agradecimiento a carlos bernárdez y
especialmente a patricia parada gandos

UN PAISAJE DE TIZA TRAS LA LLUVIA

Me resulta bastante difícil separar la obra de Manuel Ángel de su personalidad vital, cosa que ni
pretendo ni deseo. No podría hablar de la obra de nuestro artista sin pensar en el hombre, un ser
concreto que observa y siente y que revela una actitud vital de intensa curiosidad con todo lo que le
rodea y que observa con la inteligencia de quien no quiere perderse ningún pormenor del mundo en
el que está inmerso.

Con sus fotografías asistimos permanentemente a una constante translación, en el sentido físico y
también en el sentido formal y técnico, un viaje continuo en el que las imágenes recorren diferentes
ámbitos sociales y geográficos. Somos transportados a una perpetua reflexión y diálogo entre la
percepción humana y el medio que nos rodea, inscribiéndose en una corriente artística que
históricamente se centra en la edificación de una conciencia del diálogo entre el hombre y el
mundo, un mundo a medio camino entre lo “natural”, lo “social” y lo “íntimo” o personal. En la
obra de Manuel Ángel, como en cualquier obra que implica relación del “yo” con el “otro”, se
manifiesta el cambio, el afecto, la dualidad, creando así una identificación del artista con el medio
que quiere mostrar.

La fotografía de Manuel Ángel posee unos criterios claros y coherentes, que nos permiten entender
e interpretar el conjunto de sus imágenes no sólo en su unicidad, sino también como parte de un
argumento, de una reflexión que quiere mostrar su visión desde su subjetividad, pero también desde
una profunda comprensión del sentido de la fotografía –y de la vida- en nuestro presente. Los
núcleos principales de la obra de Manuel Ángel son los géneros clásicos que se encuentran en las
raíces de la historia del arte: el retrato, el paisaje, la fotografía arquitectónica –tanto de interior
como de exterior, las escenas urbanas y la representación del cuerpo como plataforma de
comunicación plástica. Esta propuesta temática no hace más que poner en evidencia, y en valor, la
identidad conseguida del medio fotográfico, dado que al conformarse como géneros clásicos,
reafirma la intensa autonomía de un nuevo medio fotográfico, tras 150 años de fructífero recorrido
en busca del sentido propio como medio de creación. El artista es así un eslabón, consciente y
lúcido, inmerso en la construcción del discurso estético de la fotografía moderna. Es necesario tener
en cuenta que a principios de los años ochenta surge una nueva actitud hacia la fotografía, que
centra su interés más en su uso para finalidades conceptuales que en las puras intenciones estéticas
o documentales, características de sus predecesores, consolidándose de este modo una
transformación total en la forma de entender el medio, que tendrá como consecuencia una
diversidad y una libertad de enfoque absolutas, aspecto del que la obra de Manuel Ángel es un
excelente ejemplo, no porque se interese por desarrollar una fotografía de tesis o marcadamente
experimental, sino porque la pureza y el clasicismo de sus imágenes son hijos de una libertad que
no se podría entender sin los pasos seguidos por la fotografía en las últimas décadas.
Su obra incluye formulaciones esteticistas y narrativas, documentales y sociales, inmersas en esa
auténtica revolución estética que terminó por conformar la definitiva autonomía del medio
fotográfico, liberado por completo de cualquier lastre de dependencia de lo pictórico, incluso
llegando a ocupar el lugar que tradicionalmente estaba reservado para la pintura. Las fotografías
conforman una auténtica y peculiar cartografía del mundo que rodea a Manuel Ángel –de lo íntimo
a lo social, pasando por lo geográfico-, de forma que mantiene en sus obras una tensión entre los
temas representados y el lenguaje artístico utilizado. Ese mundo ambiguo, alusivo e irónico aparece
en buena parte de las obras.

Naturalmente, la obra de nuestro fotógrafo abarca los principales temas de interés de los creadores:
la identidad, el rostro, la naturaleza, la relación con el medio arquitectónico, o la cultura de lo
cotidiano, con una marcada variedad formal, que se configura como un auténtico caleidoscopio de
la modernidad, coincidiendo en los intereses temáticos y formales con auténticos clásicos como
Werner Bischof o H.C.Bresson. Por ejemplo los lugares captados en sus paisajes, como los del
fotógrafo norteamericano, son incorporados, gozados en un impulso constante que al mismo tiempo
los perpetúa y eterniza. En su obra aparecen muchas de las preocupaciones del momento desde la
voluntad de captación cronística de la realidad por medio de imágenes directas e impactantes, hasta
la intensa reflexión sobre el ser humano.

La obra de Manuel Ángel es, por lo tanto, una indagación en el substrato cultural y social de nuestro
tiempo, una indagación en la que la mirada es el fundamento que posibilita una cadena de
sugerencias y reflexiones de un evidente lirismo.
El fotógrafo ofrece una serie de visiones de su entorno que se alejan rotundamente de cualquier
complacencia y de cualquier retórica. No hay sombra en ellas de la búsqueda de un refugio
espiritual, pero sí se percibe una acentuada preocupación por el análisis de factores que sirvan para
entender el sentido profundo de la vida, llevando a cabo una reflexión sobre la relación con el
medio más inmediato –natural y social- y por tanto sus obras expresan un interés por captar en qué
medida este medio influye en las concreciones artísticas.

Un ejemplo notable de su actitud son la serie de retratos del fotógrafo. El retrato tenía hasta hace
muy poco tiempo una función nítidamente definida, ligada al consumo, como “representación” del
poder político, como “reconocimiento” de la posición social del retratado; esto es, vinculada a una
función utilitaria, que poco a poco fue desplazando su uso hacia lo privado, especialmente desde
que la burguesía comienza su hegemonía como clase social y sobre todo desde la invención y
generalización de la fotografía, a mediados del siglo XIX.

Evidentemente, un acercamiento actual al género –como el que nos ofrece Manuel Ángel
manifiesta el enorme cambio en su función, que, si por un lado nos sitúa en el ámbito de la
autonomía del retrato como objeto artístico, mantiene, asimismo, su sentido, su capacidad de
comunicación como memoria visible de una persona concreta, como testimonio de nuestra
presencia, de la huella en la tierra de los seres humanos, que es lo que nos emociona cuando nos
situamos ante muchas representaciones del rostro humano a lo largo de la historia, como nos puede
suceder con los rostros funerarios romano-egipcios de El Fayum; los retratos del mejicano
Humberto Bustos –del siglo XIX-; de un autorretrato de Durero o de Rembrandt, porque en todos
ellos está la presencia de nuestra condición, la tensión entre la caducidad y la memoria, entre la
manifestación de lo efímero y la voluntad de permanencia.

Centrándonos ya en la obra de nuestro fotógrafo, observamos que aunque nos sitúa en el plano
técnico de la modernidad más absoluta, también se percibe esa continuidad, la evidencia de que la
representación del rostro se inscribe en el rastro de una larga tradición con sorprendente fidelidad a
la misma, como si el canon retratístico renacentista se perpetuase. Pero partiendo de esa tradición
asistimos en la obra de Manuel Ángel a profundizaciones, a intensificaciones de la percepción, que
son claramente contemporáneas. Las miradas son muy diversas, pero en el fondo, estas permanecen
–y esa es una de las grandes virtudes de la obra de nuestro fotógrafo-, como si la cara se quedase
paralizada, dotada de un aura de verdad profunda, por mucha distorsión e ironía que le añadamos a
la representación. A destacar la capacidad de sugestión con la que el fotógrafo capta la mirada. Otra
vertiente de enorme calidad de su obra es el paisaje, que en no pocas ocasiones adopta una sintaxis
formal de la tradición del romanticismo nórdico –ese paisaje de dominante horizontalidad en el que
destaca la vertical de un único árbol y una diminuta silueta humana-. Es entonces cuando los
paisajes se vuelven una forma de autoconocimiento, de traducción, de reflexión sobre el mundo,
como una meditación sobre la condición humana desde el punto de vista individual, particular y, al
mismo tiempo se configura como una búsqueda de un sentido del espacio, revelándose la obra como
un lugar, un sujeto y un punto de vista.

“El tema de la obra es la toma de conciencia de sí misma”, la frase de Paul Valéry que yo tomo de
Vila-Matas, bien puede resumir el conjunto de la obra de Manuel Ángel pero creo que también
compendia su actitud vital.
Para Manuel Ángel la búsqueda de la imagen exacta, verdadera es una actitud de búsqueda que se
asemeja mucho a la lucha por conseguir la palabra exacta para algunos poetas, que convierten la
búsqueda de palabras en un eterno palimpsesto, un constante escribir y reescribir. La imagen del
palimpsesto me resulta iluminadora al aplicarla al mundo fotográfico que en la era digital se
convierte en un constante fijar y borrar y de nuevo fijar, en un ejercicio de permanente pesquisa. Al
final en estas imágenes, llenas de referencias estéticas y de un rigor formal que tiene en el encuadre
su fundamento, está la experiencia personal que permanece inmovilizada, eternizada y en la que
percibimos la sombra de la vida agarrando ese minúsculo mapa que llegamos a conocer, que es
nuestra trayectoria vital, que es nuestra experiencia, nuestro suave aletear, nuestro polvo que es
definitivamente lo que todos somos. Pero sobre todas estas imágenes permanece inmóvil y se
transmite una lucidez que quema, y las fotografías parecen un paisaje de tiza tras la lluvia, imágenes
congeladas que permanecerán mientras dure viva nuestra memoria.

Carlos L. Bernárdez


UNHA PAISAXE DE XIZ TRAS A CHOIVA

Resúltame ben difícil separar a obra de Manuel Ángel da súa personalidade vital, cousa que nin
pretendo nin desexo. Non podería falar da obra do noso artista sen pensar no home, un ser concreto
que observa e sente e que revela unha actitude vital de intensa curiosidade con todo o que o rodea e
que fita coa intelixencia de quen non quere perder ningún pormenor do mundo no que está inserido.

Coas súas fotografías asistimos permanentemente a unha constante translación, no sentido físico e
tamén no sentido formal e técnico, unha continua viaxe na que as imaxes percorren diferentes
ámbitos sociais e xeográficos. Somos transportados a unha perpetua reflexión e diálogo entre a
percepción humana e o medio que nos rodea, inscribíndose nunha corrente artística que
historicamente se ten centrado na edificación dunha conciencia do diálogo do home e mais o
mundo, un mundo que abala entre o “natural”, o “social” e o “íntimo” ou persoal. Na obra de
Manuel Ángel, como en calquera obra que implica relación do “eu” co “outro”, maniféstase o troco,
o afecto, a dualidade, creando, xa que logo, unha identificación do artista co medio que quere
amosar. A fotografía de Manuel Ángel posúe uns criterios claros e coherentes, que nos posibilitan
entender e interpretar o conxunto da súas imaxes non só na súa unicidade, senón tamén como parte
dun argumento, dunha reflexión que quere amosar a súa visión desde a súa subxectividade, mais
tamén dende unha profunda comprensión do sentido da fotografía –e da vida- no noso presente.

Os núcleos principais da obra de Manuel Ángel son xéneros clásicos que se atopan nas raíces da
historia da arte: o retrato, a paisaxe, a fotografía arquitectónica -tanto de interior como de exterior,
as escenas urbanas-, e a representación do corpo como plataforma de comunicación plástica. Esta
proposta temática non fai máis que pór en evidencia, e en valor, a gañada identidade do medio
fotográfico, xa que ao se conformar como xéneros clásicos, reafirma a intensa autonomía do novo
medio fotográfico, logo de 150 anos de frutífero percurso na procura dun sentido propio como
medio de creación. O artista é así un elo, consciente e lúcido, inserido na construción do discurso
estético da fotografía moderna.

Cómpre termos en conta que a principios dos anos oitenta xorde
unha nova actitude cara a fotografía, que centra o seu interese máis no seu uso para finalidades
conceptuais que nas puras intencións estéticas ou documentais, características dos seus
predecesores, consolidándose daquela unha mudanza total na maneira de entender o medio, que terá
como consecuencia unha diversidade e unha liberdade de enfoque absolutas, aspecto do que a obra
de Manuel Ángel é un excelente exemplo, non porque se interese por desenvolver unha fotografía
de tese ou marcadamente experimental, senón porque a pureza e clasicismo das súas imaxes é fillo
dunha liberdade que non se podería entender sen os procesos seguidos pola fotografía nas últimas
décadas.

A súa obra inclúe formulacións esteticistas e narrativas, documentais e sociais, inseridas
nesa auténtica revolución estética que acabou por conformar a definitiva autonomía do medio
fotográfico, liberado de vez de calquera lastre de dependencia do pictórico, mesmo chegando a
ocupar o lugar que tradicionalmente estaba reservado para a pintura. As fotografías conforman unha
auténtica e peculiar cartografía do mundo que rodea a Manuel Ángel –do íntimo ao social, pasando
polo xeográfico-, de xeito que mantén nas súas obras unha tensión entre os temas representados e a
linguaxe artística utilizada. Ese mundo ambiguo, alusivo e irónico aparece nunha boa parte das
obras. Naturalmente, a obra do noso fotógrafo abrangue os principais temas de interese dos
creadores: a identidade, o rostro, a natureza, a ligazón co medio arquitectónico, ou a cultura do
cotián, cunha marcada variedade formal, que se configura como un auténtico caleidoscopio da
modernidade, coincidindo nos intereses temáticos e formais con algúns dos máis interesantes
creadores do noso presente mais tamén con auténticos clásicos como Werner Bischof ou
H.C.Bresson. Por exemplo os lugares captados nas súa paisaxes, como os do fotógrafo
norteamericano, son incorporados, gorentados nun impulso constante que ao tempo os perpetúa e
eterniza.

Na súa obra aparecen moitas das preocupacións do momento, desde a vontade de captación
cronística da realidade por medio de imaxes directas e impactantes, até a intensa reflexión sobre o
ser humano. A obra de Manuel Ángel é, pois, unha indagación no substrato cultural e social do noso
tempo, unha indagación na que a ollada é o fundamento e posibilita unha cadea de suxestións e
reflexións dun evidente lirismo. O fotógrafo ofrece unha serie de visións da súa contorna que se
afasta de vez de calquera compracencia e de calquera retórica. Non hai sombra nelas da procura dun
refuxio espiritual, mais si se percibe unha acentuada preocupación pola análise de factores que
sirvan para entender o sentido profundo da vida, levando a cabo unha reflexión sobre a relación co
medio máis inmediato –natural e sociale polo tanto as súas obras manifestan un interese por captar
en que medida este medio inflúe nas concrecións artísticas. Un exemplo notábel da súa actitude son
a serie de retratos do fotógrafo. O retrato tiña até hai ben pouco tempo unha función nitidamente
definida, ligada ao consumo, como “representación” do poder político, como “recoñecemento” da
posición social do retratado; isto é, vinculada a unha función utilitaria, que devagar foi desprazando
o seu uso para o privado, especialmente desde que a burguesía comeza a súa hexemonía como clase
social e sobre todo desde a invención e xeneralización da fotografía, a mediados do século XIX.

Evidentemente, un achegamento actual ao xénero –como o que nos fornece Manuel Ángel
manifesta a enorme mudanza na súa función, que, se por unha banda nos sitúa no ámbito da
autonomía do retrato como obxecto artístico, mantén, asemade, o seu sentido, a súa capacidade de
comunicación como memoria visíbel dunha persoa concreta, como testemuña da nosa presenza, da
pegada na terra dos seres humanos, que é o que nos emociona cando nos situamos perante moitas
representacións da face humana ao longo da historia, como nos pode acontecer cos rostros
funerarios romano-exipcios de El Fayum; os retratos do mexicano Humberto Bustos –do século
XIX-; dun autorretrato de Durero ou de Rembrandt, porque en todos eles está a presenza da nosa
condición, a tensión entre a caducidade e a memoria, entre a manifestación do efémero e vontade de
permanencia. Centrándonos xa no obra do noso fotógrafo, observamos que aínda que nos sitúa no
plano técnico na modernidade máis absoluta, tamén se percibe esa continuidade, a evidencia de que
a representación do rostro se inscribe no ronsel dunha longa tradición, con sorprendente fidelidade á
mesma, como se o canon retratístico renacentista se perpetuase. Pero partindo desta tradición
asistimos na obra de Manuel Ángel a afondamentos, a intensificacións da percepción, que son
claramente contemporáneos.

As olladas son ben diversas, mais no profundo, as miradas permanecen
–é esta unha das grandes virtudes da obra do noso fotógrafo-, como se a face quedase paralizada,
dotada dunha aura de verdade profunda, por moita distorsión e ironía que lle acrecentemos á
representación. A salientar a capacidade de suxestión coa que o fotógrafo capta a ollada. Outra
vertente de enorme calidade da súa obra é a paisaxe, que en non poucas ocasións adopta un sintaxe
formal da tradición do romanticismo nórdico –esa paisaxe de dominante horizontal na que salienta a
vertical dunha única árbore e unha diminuta silueta humana-. Daquela as paisaxes vólvense un
modo de autocoñecemento, de tradución, de reflexión sobre o mundo, como unha meditación sobre
a condición humana desde o punto de vista individual, particular e, ao tempo se conforma como
unha procura dun sentido do espazo, revelándonos a obra como un lugar, un suxeito e un punto de
vista. “O tema da obra é a toma de conciencia en si mesma”, a frase de Paul Valéry que eu tomo de
Vila-Matas, ben pode resumir o conxunto da obra de Manuel Ángel mais coido que tamén
compendia a súa actitude vital.

Para Manuel Ángel a procura da imaxe exacta, verdadeira é unha
actitude de busca que semella moito a loita por conseguir a palabra exacta para algúns poetas, que
converten o axexo das verbas nun eterno palimpsesto, un constante escribir e reescribir. A imaxe do
palimpsesto resúltame iluminadora ao aplicala ao mundo fotográfico que na era dixital se converte
nun constante fixar e borrar e novamente fixar, nun exercicio de permanente pescuda. A final nestas
imaxes, cheas de referencias estéticas e dun rigor formal que ten no encadre o seu alicerce, está a
experiencia persoal que fica inmobilizada, eternizada e na que percibimos a sombra da vida
agarrando ese minúsculo mapa que chegamos a coñecer, que é o noso decurso vital, que é a nosa
experiencia, o noso lene esvoazar, o noso po que é definitivamente o que todos somos. Mais sobre
todas estas imaxes paira e transmítese unha lucidez que queima, e as fotografías semellan unha
paisaxe de xiz tras a choiva, imaxes conxeladas que permanecerán en canto fique viva a nosa
memoria.
Carlos L. Bernárdez

A CHALK LANDSCAPE BEHIND THE RAIN

I find it quite hard to separate Manuel Ángel’s work from his lively personality, something which I
don’t intend or wish to do. I could by no means refer to the artist’s work without thinking of the
man – a specific human being who watches, feels and reveals a vital attitude of intense curiosity
about everything surrounding him – and he observes/watches it with the intelligence of someone
who doesn’t want to lose any detail of the world he is immersed in. Through his photographs we are
always witnesses to a constant movement, both in the physical, formal and technical senses, a
never-ending journey where the images travel through different social and geographical fields.

We are being taken to some perpetual reflection and dialogue between the human perception and the
environment surrounding us, being registered into an artistic stream which has been historically
focussed in building a consciousness of dialogue between the man and the world, a world which is
half-way among the “natural”, the “social” and the “private” or personal. In Manuel Ángel’s
artwork – as in any other work which may imply a relationship between “myself” and “the other” –
change, affection and duality are expressed, thus creating an identification of the artist with the
environment he wants to show. Manuel Ángel’s photography possesses clear and coherent features,
which allow us understand and interpret their array of images not only as a unique, but also as part
of an argument, of a reflection which wants to show us its vision from his subjectivity and also from
a deep understanding of the meaning of photography – and life –at present. The main nuclei of
Manuel Ángel’s artwork are the classic genres which can be found in the roots of the history of art:
portrait, landscape, architectural photography – both indoors and outdoors – urban scenes and the
illustration of the body as the launchpad of art communication.

This thematic proposal just makes clear and values the identity obtained from the photographic means,
since by being defined as classic genres, the intense autonomy of a new photographic means is restated,
after 150 years of fruitful trajectory in search of its own essence as a means of creation.
The artist is thus a link – both onscious and perceptive – immersed in the construction of the aesthetic
discourse of modern photography.

It is necessary to take into account the fact that in the early 80s a new attitude towards
photography arises, focussing its interest more in its use as conceptual purposes than in pure
aesthetic or documentary objectives which had been characteristic of their predecessors. This way
an absolute transformation in the way of understanding the environment is cemented and it will
have as a consequence both a total diversity and freedom of focus. And it is here that Manuel
Ángel’s artwork is an excellent example– not because he may be interested in developing thesis
photography or remarkably experimental photography but – due to the fact that the purity and
classicism of his images are children of a freedom one could not understand without the steps
followed by photography as an art throughout the last decades. His artwork includes aesthetic and
narrative, documentary and social assertions which are immersed in this authentic aesthetic
revolution which ended up by shaping up the definite autonomy of the photographic means,
absolutely freed from any burden of pictorial dependence, even reaching the place traditionally
reserved to painting.

The photographs constitute an authentic and distinctive cartography of the world surrounding
Manuel Ángel – from the intimate to the social, through the geographical – in a
way that he keeps in his work a tension between the topics being symbolized and the artistic
language used. That ambiguous, alluded and ironic world is shown in a big deal in his pieces of art.
Obviously, our photographer’s work embraces the main interest topics of the creators: identity,
countenance, nature, the relationship with the architectural environment, or the everyday culture,
with a marked formal variety, which is shaped as an authentic kaleidoscope of modernity, agreeing
with the thematic and formal interests of authentic classics such as Werner Bischof or H.C.Bresson.
We can take as an example the places grasped in Manuel Ángel’s landscapes which, like the
NorthAmerican photographer, are built-in, enjoyed in a constant impulse which perpetuates and
immortalizes them. In his work there are many of the contemporary worries, from the will of
capturing the reality as in a chronicle through direct and shocking images to the intense reflection
about the human being. Manuel Ángel’s artwork is, therefore, an inquiry into the cultural and social
substratum of our times, an inquiry where the glance is the basis which makes possible a
suggestions and reflections chain full of an evident lyricism.

The photographer offers a series of insights about his social environment which are decisively far
away from any complacency and any rhetoric.
There is not a hint in it of the search for a spiritual shelter, but one can perceive an
emphasized concern about the analysis of those features which help understand the deep meaning of
life, by carrying out a reflection about the relationship with the most immediate environment – both
natural and social – and therefore his works express an interest in catching to what extent this
environment has an influence on the artistic accomplishment. A significant example of his attitude
is the series of portraits by the photographer. The portrait has had until very recently a sharply
defined role, linked to consumerism, as an “illustration” of the political power, as an
“acknowledgement” of the social status of the person being portrait. That is to say, it has been
linked to a practical role, which has gradually displaced its use towards the private, especially since
the gentry started their hegemony as a social class and moreover since the invention and
generalization of photography in the mid-19th century. Obviously, a present approach to the genre –
as it is the one Manuel Ángel offers us – shows the great change in its role, which on the one hand
places us in the field of the autonomy of the portrait as an artistic object and on the other hand it
keeps its sense, its ability to communicate as a visible memory of a specific person, as a testimony
of our presence, of the trace on the ground of human beings, which is what moves us when we are
facing many representations of the human countenance throughout history, as it can happen with the
Roman-Egyptian funeral countenances at El Fayum; the 19th century portraits by the Mexican
Humberto Bustos, a portrait by Durero or Rembrandt, because in all of them there is the presence of
our status, the tension between the expiration date and the memory, between the display of the
ephemeral and the will of permanence.

Focussing on our photographer’s work, we can observe that despite the fact that he locates us on the
technical close-up of the most absolute modernity, we can also appreciate that continuity,
the evidence that the representation of the countenance is registered in the trace of a long tradition
with a shocking fidelity to it, as if the portraitist Renaissance canon was being sustained.
Yet, if we start from that tradition we can be witnesses in Manuel Ángel’s artwork to clearly contemporary
in-depths, strengthenings of perception. The looks are very diverse, but deep down they remain – and this is
one of the great virtues of our photographer’s work – as if the face stayed standstill, provided with an aura
of deep truth, despite the big amount of distortion and irony we add to the illustration.

It is worth highlighting the ability to persuade with which the photographer captures the looks.
Another aspect of great quality in his work is the landscape, which in not few occasions adopts a
formal syntax of the romantic Scandinavian tradition – that prevailing horizontal landscape where
it is emphasized the vertical line of an only tree and a tiny human silhouette. It is then when the
landscapes become a self-knowledge way, a translation way of reflection about the world, like a
meditation about the human condition in search for a sense of space, the artwork being revealed as
a place, an individual and a point of view. “The topic of the artwork is its being aware of itself”,
this sentence by Paul Valéry, which I take from Vila-Matas, can sum up well the assembly of
Manuel Ángel’s artwork. I think it even abridges his lively attitude.

The search of the exact, true image is for him an attitude of searching which is much likely to the
fight to get the exact word for some poets, who turn the search for words into an eternal palimpsest,
a constant writing and rewriting. The image of a palimpsest becomes enlightening when applying it
to the photographic world which in the digital era becomes a constant fixing and erasing and fixing
back, a permanent inquiry. At the end of these images – full of aesthetic references and a formal
rigour which has its basis in the framing – is the personal experience which stays fixed, eternal and
where we can perceive the shadow of life grabbing that tiny map which we get to know…our vital
path, our experience, our soft flapping, our dust which is definitely what we all are. However, over
all those images it is a burning perceptiveness the one which is being fixed and transmitted, and the
photographs resemble a chalk landscape behind the rain, frozen images which will stay as long as
our memory is kept alive.

Carlos L. Bernárdez
traducción Patricia Parada Gandos

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